sábado, 18 de abril de 2015

LOS ULTIMOS BOSQUES DE UN MONO EN CAMINO A LA EXTINCION

ENTRE LA CAZA ILEGAL Y LA DESTRUCCION DE SU HABITAT
AMENAZADOS. Más del 20% del territorio deforestado en la Amazonía del Perú en la última década se concentra en la región San Martín. La superficie de bosques destruidos -equivalente a cinco veces el tamaño de Singapur– ha puesto en peligro de extinción a un primate que vive acechado por la caza ilegal: el mono tocón. Sus únicos defensores son un grupo de ex cazadores amenazados por las mafias.
               
La heroicidad no radica en el destino. Arnaldo Paredes García –47 años, hijo de la región San Martín, padre de familia, ex cazador– cree en las decisiones. Pudo seguir matando animales o talando el bosque para abrir más campos de cultivo, pero un día hace siete años decidió dejar de hacerlo. “Cuando yo era cazador mataba tocones. Andaba con mi escopeta y los monos se tapaban la cara con sus manitos. Ellos temen a la muerte, tienen miedo como nosotros. Es mentira eso de que los animales no sienten”. Arnaldo pudo dejar que todo siguiera igual, no ganarse enemigos y evitar agresiones, pero hubo algo –la desaparición de los bosques o los recuerdos de los gestos desesperados de estos animales al morir– que lo hizo desafiar ese orden. La heroicidad radica en rebelarse. 
El mono tocón es una de las tres especies de primates únicas del Perú, habita solo en la región San Martín y desde el año pasado se encuentra en peligro crítico de extinción. 
Arnaldo, que no cree en el destino, acepta que con el tocón parecen haberse ensañado todos los malos azares: el 50% de su hábitat ha sido deforestado, la gente los mata para comer o venderlos, no se desplaza dentro de un área natural protegida por el gobierno peruano y vive acechado por cazadores ilegales. Arnaldo Paredes, un hombre de baja estatura, trato amable y fortaleza inquebrantable, cuida uno de los últimos pedazos de vida de la región más deforestada de la Amazonía peruana: tiene una concesión privada de conservación. 
Lo que sucede en San Martín explica el impacto de la deforestación en el Perú. “Sin bosques no hay lluvias. Uno se da cuenta. Y si no hay lluvia no hay vida. Se ha talado y deforestado demasiado”, dice Arnaldo. Las últimas cifras del Programa Nacional de Bosques del Ministerio del Ambiente estiman que entre el 2003 y el 2013 el Perú perdió 1'306.507 hectáreas de bosques amazónicos, aun cuando la tasa anual se ha reducido ligeramente. De este total, lo destruido en San Martín representa más de la quinta parte: tres veces más que en Madre de Dios (devastada por la minería ilegal), cinco veces el tamaño de Singapur, 30 veces la ciudad de París.
Una de las primeras víctimas de esta destrucción es el mono tocón. El 2008 Arnaldo Paredes y sus otros cinco socios solicitaron al gobierno regional de San Martín una concesión para conservar uno de los últimos bosques secos tropicales amenazados por la deforestación, el tráfico de tierras y la caza ilegal. La denominaron “Ojos de Agua”, por los hoyos naturales que se forman en la única quebrada del bosque. 
El 2010 –luego de una larga batalla burocrática– obtuvieron por 40 años la concesión de 2.400 hectáreas ubicada en el distrito de Pucacaca, provincia de Picota, y desde entonces protegen aquel pequeño ecosistema en el que habitan los monos tocón, otros primates, cientos de especies de ranas y aves, y animales cada vez más difíciles de observar como el otorongo. 
UNA ESPECIE ACORRALADA
Al final de la tarde y antes de dormir el mono tocón se acomoda en las ramas más altas de los árboles y entrelaza su cola con los miembros de su familia. Lo hace para estrechar sus vínculos familiares. Los biólogos dicen que ningún otro primate de su especie cumple con este ritual de afecto. El nombre científico de este pequeño primate de abundante pelaje, ojos saltones, monógamo y de solo 30 centímetros de tamaño es Callicebusoenanthe (mono bonito). Come frutos, insectos, hojas y flores, y en su camino dispersa las semillas que garantizan la diversidad del ecosistema. Los aguajún lo conocen como Sugkamat. Todas las mañanas el grupo vocaliza unos persistentes sonidos para demarcar su territorio frente a otras familias. Nunca abandona a los suyos.
Es muy temprano en la concesión “Ojos de Agua”, a solo tres horas de Tarapoto, y desde lo alto de los árboles se oyen las vocalizaciones matutinas de decenas de estos primates. Arnaldo nos pide caminar despacio y en silencio para no asustarlos, pero de pronto los monos se callan y solo el ruido de los insectos se mantiene. “Han entrado cazadores, ¿escuchan?”, murmulla con rabia. Los ladridos de dos perros se filtran a lo lejos. “Están cerca, pasarán por acá”, dice y sujeta su machete con fuerza. Apenas unos segundos después dos perros se asoman al camino. Arnaldo corre tras ellos y los asusta. El cazador ilegal permanece agazapado en algún lugar del bosque que no vemos. “Mejor nos vamos, no podemos hacer más, ellos siempre van armados de escopetas”. Aquella mañana no volvimos a escuchar más a los tocones.
Durante mucho tiempo este primate se desplazó libremente entre las cuencas del Alto Mayo, Bajo Mayo y el Huallaga central, ubicadas entre los 800 y los 1.200 metros sobre el nivel del mar, pero la agresiva deforestación y la penetración de carreteras durante la última década redujeron su hábitat a pequeñas islas de bosques y pusieron en peligro el intercambio genético y la supervivencia de su especie. Una de esas islas es “Ojos de Agua”, que está acorralada por sembríos de maíz y enormes granjas de pollos. 
¿Qué hace a esta especie tan vulnerable? “A diferencia de las otras 19 que están en peligro crítico de extinción en el Perú, el tocón no cuenta con áreas de bosques protegidos por el gobierno, solo con esfuerzos privados como “Ojos de Agua”. “San Martín tiene cuatro áreas naturales protegidas, pero ninguna es habitada por los tocones”, dice Alexander Amasifuén, ingeniero del Proyecto Mono Tocón, organización civil que educa desde el 2007 a las comunidades indígenas y poblados sobre la importancia de este primate.
Esta especie es endémica del Perú, pero lo que la ciencia sabe sobre ella es aún muy poco. Fue descubierta en 1924 por el investigador británico Thomas, en Moyobamba, pero solo 83 años después se conformó una expedición científica de largo plazo a cargo del Proyecto Mono Tocón para investigar su distribución, taxonomía, biología y el estado de conservación de la especie. 
“Ahora sabemos que sus grupos familiares están compuestos por dos o tres crías. La especie es muy frágil, por eso lo que se busca en este momento es priorizar la investigación de los corredores biológicos para salvaguardar el desplazamiento de los tocones”, explica Amasifuén.
AMENAZAS AL CAZADOR
Un cazador ingresa al monte con una escopeta y un perro, pero no cualquier perro. Este será grande y ágil. Cuenta Arnaldo, recordando viejos tiempos, que un cazador selecciona y adiestra al can que irá con él tras la presa. La cacería ilegal está acompañada de macabros rituales: a los perros se los “cura”. “Cuando el cachorro nace se lo cura dándole un caldo preparado con las vísceras del animal que deberá cazar. Si buscará venados, deberá entonces comer las tripas del venado, si irá tras los monos, comerá vísceras de mono”. 
Todos los días Arnaldo y sus socios escuchan los finos ladridos de los perros que ingresan con sus amos a su concesión. “¿Qué podemos hacer? Ellos ingresan armados. Nosotros no podemos defendernos, los denunciamos pero no nos hacen caso”. El malestar de Arnaldo alude a la impunidad con la que operan estas mafias en San Martín. Apenas dos semanas antes de que Ojo-Publico.com visitara esta zona, un grupo de desconocidos masacró a balazos a una docena de sajinos que criaba uno de los socios de Arnaldo.
“Dejaron un gran charco de sangre, todos los animalitos tenían disparos de escopetas en la cabeza”. Fue un acto de venganza.
El último atentado ocurrió también hace solo unas semanas. Un grupo de cazadores asesinó a un otorongo dentro de la concesión y se lo llevaron para ofertar luego su piel. Arnaldo y sus socios llamaron a la policía y a la fiscalía ambiental. “El cazador dijo que mató al otorongo en defensa propia, pero el pobre animal tenía una bala en el cuello, lo cazó para vender su piel y la fiscal no hizo nada. Yo creo que ese fue el último otorongo de estos bosques”, dice con pena Arnaldo.
EL TRÁFICO DE ESPECIES ES UNO DE LOS NEGOCIOS ILEGALES MÁS BOYANTES EN LA AMAZONÍA DEL PERÚ
Al mono tocón lo cazan para venderlo como mascota o alimento. Esta amenaza permanente y la destrucción de su único hábitat en San Martín –región que ha incrementado su población en casi 8 veces por la masiva migración procedente de Cajamarca y Amazonas en los últimos 60 años– hicieron que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) lo declare como una de las 25 especies de primates más amenazadas del mundo. De los 45 tipos de primates que se encuentran en el Perú, las tres únicas endémicas están en San Martín. Además del tocón, están el mono choro de cola amarilla y el mono nocturno. 
¿Por qué un hombre decide un día enfrentarse a los cazadores y conservar un bosque? “Esto de aquí no es solo para nosotros, es para el mundo. Queremos que cuando nuestros hijos crezcan conozcan lo que también nosotros conocimos, las mismas plantas y animales”, señala Arnaldo. 
El mono tocón es una de las primeras víctimas de la deforestación. Pero no la única. “Muchas personas han tenido que dejar sus hogares por la falta de agua. El humano puede mudarse y migrar, pero estos primates no habitan las zonas de altura, ellos se están quedando acorralados, sin posibilidades de sobrevivir”, insiste el especialista del proyecto.
La tarea de enfrentarse no ha sido fácil. Las agresiones y amenazas contra los socios de “Ojos de Agua” son constantes. “Solo el día que matemos a uno de ellos vamos a dejar de cazar”, les han dicho. Hace dos años recibieron uno de los atentados más severos: les incendiaron el albergue donde reciben a los investigadores y turistas que llegan a Pucacaca para conocer la biodiversidad de la concesión. La vivienda construida de madera y paja ardió por horas. Al costado de las cenizas los cazadores ilegales les dejaron un macabro mensaje: vísceras y restos de animales expuestos a un costado de la casa. También dejaron los bidones de combustible. 
“Nos han hecho esa maldad pensando en aplastarnos, pensando en que dejaremos de cuidar el bosque, pero eso nos dio más ganas de seguir. No nos detendremos”, dice Arnaldo, sentado ahora en la casa que reconstruyó con sus socios y el apoyo de la cooperación internacional. Las amenazas persisten y no hay ninguna persona detenida ni denunciada penalmente por este hecho. 
Arnaldo Paredes y sus socios continúan peleando solitariamente.



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