viernes, 8 de marzo de 2013

RONDA Y JUSTICIA

Manuel Ernesto Navarrete Bazán-Fiscalia Penal Provincial de Huallaga
La justicia formal en el Perú es objeto de desprestigio popular. Los pocos destellos intelectuales y morales de esta obedecen a individualidades brillantes pero rara vez a esfuerzos colectivos de gran envergadura. Iniciativas estatales las hay, pero se terminan burocratizando en el terreno de los hechos. La percepción popular de la justicia formal no deja lugar a dudas, siempre que se dan encuestas respecto a esta.
 
Frente a esto, quienes si pueden reinvindicar la aplicación de una justicia oportuna y reparadora, son las rondas campesinas y urbanas. Y no sólo frente a la delincuencia. En la lucha antisubversiva de los 80 – 90 fueron un factor de lucha importante frente al terrorismo. Frente a la ineficiencia del Estado el pueblo organizado de manera autónoma toma en sus manos el problema y le da solución. En el tema de la ronda la pelota no esta en la cancha de los ronderos sino del Estado, que tiene que dar explicaciones de por qué las cosas han llegado a lo que son.
Si alguien aún no se ha dado cuenta, el tema de la justicia en el Perú es un escenario de contradicciones sociales importantes y no menos graves. De dicha problemática podrían devenir conflictos sociales.
A veces creo que en el tema de la ronda, un sociólogo perspicaz podría ver hasta una singular confirmación de las tesis comunistas sobre el Estado y la sociedad.
En la teoría comunista o marxista, entendida como corriente crítica filosófica y social (y no como el dogma a la que ha sido reducida por esquemáticos y extremistas), el Estado debe ir desapareciendo en la medida que sus funciones van pasando a las organizaciones sociales, en pro de una labor de autogestión, paralela al desarrollo económico, cultural y político.
Lo que ocurrió en la práctica en los países en que se intentó esto, fue que el traspaso de poder a las organizaciones sociales nunca se verificó, quedando el ideal atascado  en dictaduras burocráticas. Pero ahí está la teoría. Y la ronda parece darle desde estos lares una confirmación...
En la ronda se ve un fenómeno muy singular: el propio pueblo organizado, sin burocracias ni jerarquías, ni presupuesto, da solución rápida y reparadora a problemas y conflictos de la comunidad involucrada. El Estado, en comparación, queda en franca y terrible desventaja. Con todo su presupuesto, burocracia y jerarquías no puede evitar la prolongación de los procesos, el retardo en la administración de justicia y por supuesto, la injusticia.
La ronda ilustra de las potencialidades de lo que el pueblo organizado puede hacer. La organización centuplica fuerzas. La movilización permanente y organizada del pueblo para resolver los principales problemas es una formidable arma que todo buen político debe usar. 
La justicia formal debe tender puentes de colaboración con la justicia ronderil, y comenzar a remontar ese fatal desencuentro entre Estado y sociedad que el país arrastra desde la conquista española: el Estado no comprende la sociedad y esta, a su vez, no se siente reflejada y entendida por el Estado.
 
En rigor, un factor de desencuentro se da cuando los cuadros de la justicia formal no se encuentran a la altura intelectual, moral y cultural  que requiere el ganar y/o recuperar la confianza de la población. Hay que tener vocación de servicio, disciplina de estudio y trabajo y obviamente, conocimiento básicos de sociología y política (como ciencia y no como demagogia). Estos últimos también se adquieren en la práctica misma. Sí: el magistrado es también político, en cuanto a que desenvuelve su labor dentro de una sociedad y debe tener una estrategia para ganar la confianza de la población y hacer también que esta comprenda su función y sus decisiones.

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