miércoles, 23 de marzo de 2016

GRAN SAPOSOA : LA CIUDAD PERDIDA EN LA SELVA DE SAN MARTIN

Diez expedicionarios se internaron en las indómitas selvas de San Martín en busca de la ciudad perdida del Gran Saposoa. Atravesaron torrentosos ríos y montañas repletas de follaje y serpientes, desafiaron el frío y la lluvia, pero lograron su cometido. Novatos, abstenerse.
Olieron el aire como ciervos asustados. Había llovido tres días sin parar. La situación era casi insostenible. Estaban en una de las zonas más abruptas y desconocidas del Perú: la selva alta de la provincia de Mariscal Cáceres, San Martín. Una maraña de helechos gigantes y lianas escurrían agua sobre sus agotados cuerpos. Tal vez toda esa idea de llegar al Complejo Arqueológico del Gran Saposoa solo había sido una locura.
En ese momento, José Luis Valderrama, el empresario televisivo y de publicidad que había organizado esta expedición, recordó lo que le había dicho diez años antes -mirándola a los ojos- a su esposa Ximena, cuando se mudaron a Miami. “Todos los años voy a regresar a hacer una expedición en mi país”, le dijo. Hasta entonces había cumplido religiosamente. Todas sus excursiones al Perú profundo fueron afortunadas. No podía fallar ahora. “Hay que hacer un pago a la tierra”, escuchó que decía tímidamente Jaime Echeverría, un guía local. José Luís se sumó a la moción con entusiasmo renovado. ¿Qué iban a perder?
Aunque parezca increíble para las mentes cartesianas de nuestro mundo, el sortilegio funcionó. Luego de que cada integrante de la expedición pusiera algo de su pertenencia, y después enterraran todo junto dentro de la tierra, en medio de oraciones internas dirigidas a un ser superior, la lluvia se aplacó y tuvieron buen clima y harto sol hasta el fin de la travesía. Ahora sí, no había excusas para no ir en busca del Gran Saposoa.

Aunque toda la expedición tomó 12 días, esta comenzó a planearse con siete meses de anticipación. Lo primero fue buscar un sitio realmente especial. José Luís quería algo inusual para celebrar su décima incursión anual consecutiva en lugares apartados al interior del país. Ya había estado en Choquequirao, realizado la caminata de Llanganuco a Santa Cruz, y deseaba enfrentarse a una valla más alta. Su amigo el 'mono' Oliver, que lo conoce muy bien, sabía exactamente que buscaba. “José Luís -le dijo el mono- tu destino se llama Gran Saposoa”.

El siguiente paso fue, claro, venir al Perú. Pero, como siempre, no lo hizo solo. Trajo consigo a un egipcio, un mexicano, un tailandés, y dos peruanos que, como él, residen en Miami. No todos participaban por primera vez. El tailandés Akrapol Supapol, por ejemplo, ya ha visitado el Perú en ocho oportunidades, come rocoto como si fuera arequipeño, suelta sus carajos, y tiene más suceso con las chicas que el más pintado galán miraflorino.
En Lima se unieron a este grupo cuatro personajes más. Uno de ellos, su primo Wally Valderrama, gestor de ALDEA (Asociación Latinoamericana de Deportes de Aventura), era el más experimentado. Sin embargo, a pesar de haberse enfrentado a los traicioneros rápidos del Apurímac y el Colca, Wally no duda en calificar la excursión al Gran Saposoa como “la más brava de mi vida”.
Helada hospitalidad
Todos los aventureros se juntaron en Cajamarca. Desde la ciudad donde Atahualpa perdió su imperio partieron a las seis de la tarde rumbo al pueblecillo de Bolívar, en las serranías de La Libertad. Contrataron, para ello, a un ducho chófer de ómnibus que conocía la ruta de memoria. El cansancio los ganó y fueron cabeceando hasta que catorce horas después, al amanecer, arribaron a Bolívar. Solo a la vuelta -cuando apreciaron los inacabables precipicios- se dieron cuenta de la ventaja de hacer esta vía en estado somnoliento.
En Bolívar se retrasaron mientras cargaban las mulas con todas las vituallas. El camino era tan venenoso que ningún caballo o burro podía realizarlo sin romperse una pata. Las bestias iban cargadas de verdura y fruta fresca, papa, gaseosas, y hasta carne al vacío en grandes coolers. Apenas salieron de Bolívar, en una fuerte subida que los llevaría al abra de Yonán, el cielo desplomó su furia sobre los exploradores. Además casi no se podía ver por la espesa niebla que parecía rodearlo todo. A veces debían bajarse de la mula porque el trecho era muy peligroso y sus piernas se hundían en el barro hasta las rodillas. Llegaron en calidad de desahuciados al primer campamento rozando los 4.000 de altura.
Al día siguiente la historia fue parecida, solo matizada por dos hermosas lagunas que asomaron fantasmagóricas entre la bruma. Casi sin darse cuenta cruzaron el límite invisible que separa a La Libertad de San Martín. Otra sorpresa fue toparse con un camino prehispánico (inca decían los lugareños, pero probablemente sea de hechura chachapoya). Por lo demás el suelo seguía igual de resbaloso y traicionero. Se percataron también que bajaban mucho más de lo que subían. Aparecieron las primeras palmeras en medio de furiosos riachuelos. Esa noche durmieron en Pampa Hermosa, apenas una casita en medio de la nada. Llovió toda la noche.

Lujos impensados
Otro amanecer, otro lodazal. A los animales les decían “mulas 4 x 4” porque parecían tener doble tracción. Todos estaban embutidos en sus impermeables porque los negros nubarrones no les daban tregua. La quebrada por la que bajaban a veces se adelgazaba hasta convertirse en un apretado cañón. Finalmente llegaron a Tingo, su campamento base. Allí fue que, en un desesperado intento por quebrar la voluntad del clima, hicieron el bien recompensado pago a la tierra. Entonces los envolvió el calor natural de estas tierras tropicales. Y brindaron con cerveza helada y comieron pop corn. Un lujo impensado, pero no para el meticuloso José Luís.
Con un sol esplendoroso sobre sus cabezas pudieron despojarse de sus ropas húmedas, ir al río a bañarse, y ponerse cómodos por primera vez en todo el viaje.
Saposoa, al fin
Después de una plácida noche se levantaron muy temprano para intentar arribar al Gran Saposoa. A las cinco de la mañana salió un primer grupo para abrir trocha a punta de machete. Dos horas después los siguió el resto de los expedicionarios. Aquí no había mula que valga, cada uno debía llegar usando sus piernas y manos, casi arrastrándose por momentos. Y con muchas posibilidades de que alguien sufriera un accidente de inciertas consecuencias. Cuando resoplaban y sudaban a mares pudieron apreciar los primeros vestigios del Gran Saposoa.
Unos magníficos mausoleos construidos en sitios inverosímiles, desafiando la gravedad, y rodeados de enigmáticas pinturas rupestres. Finalmente vino una subida radical en medio de una jungla que solo sabía de víboras y monos y donde no penetraba la luz del sol. Casi desfallecientes llegaron a las murallas del Gran Saposoa. José Luís extrajo la bandera peruana que llevaba en su mochila. Se tomaron las fotos de rigor, sonrieron. Esa noche brindaron con pisco.
Todo el camino de vuelta fue alucinante. Pudieron apreciar lo que el diluvio les había negado. Como el sutil paso de la selva a la sierra. Incluso tuvieron tiempo para explorar otras edificaciones de la cultura chachapoyas. Cuando estuvieron nuevamente en Bolívar se entregaron a un sueño profundo. En la ruta de vuelta a Cajamarca cruzaron el río Marañón a la altura del pueblo de Balsas y después vieron aterrados la profunda garganta que este forma y por donde discurre la trocha carrozable. Almorzaron en Celendín, durmieron en un hotel cinco estrellas en Cajamarca y luego de una merecida y dionisíaca noche, se relajaron en los Baños del Inca antes de tomar el vuelo de retorno a Lima. Si en un momento se sintieron como ciervos asustados, ahora parecían sansones después de derribar el templo. Ni uno de ellos olvidaría nunca al Gran Saposoa. Jamás.


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